Medellín

Encantado con Guatapé, sus zócalos, el centro, su gente, sus colores y ese peñón mágico que lo destaca, debo regresar a la gran ciudad. Es hora de conocer y recorrer la ciudad más innovadora del mundo: Medellín.

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Para introducirlos en esta etapa del viaje; Es el día 11 de mi largo trayecto por Colombia. Disfrutando cada momento, cada paisaje, cada persona que iba dejando en el camino y ganando experiencia, conocimientos, rutas, ciudades (y la facilidad de armar la mochila cada vez más rápido y mejor). A todo lo nombrado anteriormente, se le suma que muchos amigos que me hice en el camino, iban a estar allí, en la ciudad más avanzada de Colombia.

Una de las mejores cosas que tiene viajar es que cada día es distinto. No existe una rutina, no hay grandes planes, sino que te dejás llevar por el momento y lo que te haga feliz o te sientas cómodo, seguís por ahí. Y si viajás solo/a, más a tu favor, todas las decisiones pasan por vos. Si te querés quedar 3 días más o 1 menos, lo hacés. Es tu viaje, es tu camino, es tu libertad y felicidad!

Esta introducción no es casualidad. No siempre todo es color de rosas (aunque parezca que sí). Como siempre, cuento mi experiencia de mi paso por la ciudad. Y las experiencias son únicas, no quiere decir que ustedes tengan una no-grata estadía.

Ahora sí, llego a la estación de ómnibus de Medellín, salgo a la calle y veo que una chica se baja de un taxi. Dato: en todo Colombia te recomiendan no tomarte taxi de la calle, es decir, hay que tomarse o los taxis de la estación, aeropuerto, etc o un radio-taxi que te  llamen, de confianza. Esto fue lo que precisamente no hice, pero al ver bajar a una chica de uno, me dio la confianza para subirme. Y lo frené y subí… ¿para qué!?

Fuerte primera impresión, el señor lucía un cuerpo súper tatuado (hasta la cara), el auto ploteado por dentro y un olor medio raro. Ya sabía que me había equivocado en tomarlo de la calle pero ya había arrancado así que, lógicamente (o no muy lógico), seguí.

Le digo la dirección del hostel y no me entiende. Repito y nada. Me dice que lo anote en su GPS. Ok, eso hice. Se lo anoté en el GPS y arrancamos en esa dirección. Lo bueno, estábamos yendo en la dirección que el GPS marcaba. La mala, el tipo estaba con algunas sustancias encima, no se le entendía cuando hablaba ni me entendía lo que le decía. Y eso que hablábamos el mismo idioma.

Todo empeoró cuando el señor saca una especie de crema, con olor realmente fuerte, y se la pone en la nariz. No sé lo que era ni lo que buscaba. Lo concreto: me empieza a bajar la presión al instante que sacó esa crema. Sin tiempo de pensar mucho más, abro la puerta en medio de una avenida, y amago con tirarme. Le digo “frená porque me desmayó”. “No, cerrá la puerta”. “Me tiró”. 30 segundos más de discusión y el señor frena en la vereda, agarro mis cosas y me bajo.

Con las pulsaciones a mil, ahora el nuevo problema era “dónde estoy”. Claro, me bajé en cualquier parte de Medellín, estaba oscureciendo, no había policías cerca y, obviamente, estaba solo. Caminé un poco, vi 3 policías a lo lejos, en un puente, fui hasta ahí y les pregunté cómo ir al “Parque Lleras”. Respuesta: “Tomate un taxi”… Después de lo vivido no había posibilidad de que me vuelva a tomar un taxi de la calle.

Seguí caminando por ese puente y vi 3 mochileras. Eran mi salvación. Fui a hablarles, eran argentinas y me subí al taxi con ellas. Y hasta fui al mismo hostel de ellas. Lo peor ya había pasado. A dormir y a recorrer Medellín!

Salimos bien temprano del hostel ubicado en El Poblado y nos tomamos el Metro, un estupendo sistema de transporte que recorre la ciudad elevado de autos, casas y gente.

Bajamos en la Plaza Botero, donde el mismísimo pintor, escultor y dibujante colombiano, Fernando Botero, donó unas 23 esculturas de bronce que hace a la plaza un museo al aire libre. No hay visita a Medellín si no dan una vuelta por esta plaza.

Luego, enfrente de la plaza se encuentra el Museo de Antioquia, el museo más importante de Medellín. Encontrás pinturas, dibujos y esculturas de Botero, de la historia del arte en Antioquia, arte religioso, cerámica, piezas históricas colombianas y arte precolombino, entre otras cosas.

El día sigue y recorremos el Jardín Botánico, el Parque de los Pies Descalzos (un parque que como su nombre lo indica, sólo podés ingresar descalzo) y una vuelta por el Parque Explora, que es un centro interactivo sobre la ciencia y tecnología.

Día largo y movido, pero era sábado, así que una ducha en el hostel y directo al Parque Lleras donde junto a la plaza se hace peatonal y se llena de gente disfrutando la noche! Alrededor hay un sinfín de bares, música y buena onda.

Al día siguiente, un hermoso domingo de enero, salí a caminar las calles de El Poblado. Siempre prefiero moverme a pie, para apreciar mejor cada rincón del lugar donde estoy. El Poblado es un hermoso barrio para recorrerlo a pie, sobre todo los domingos, donde algunas avenidas se hacen peatonales.

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Me declaro un enamorado de las ferias y mercados locales. Domingo, en Medellín, obvio que averigüé por dónde andaban y allí fui.

Medellín es una ciudad enorme, moderna, con miles de atracciones variadas y es difícil recorrerla en poco tiempo. Mi estadía aquí ha tenido de todo, pero sobre todo sigo sumando experiencia, cultura y kilómetros.

Debo seguir subiendo, el norte colombiano me espera. Arenas blancas, mares de aguas transparentes, atardeceres en la costa, mucha fruta, color, calor, sorpresas, risas y anécdotas.

Próxima estación: Cartagena de Indias.

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Bogotá

18 horas y 30 minutos fue el tiempo total de viaje que tardé desde Buenos Aires hasta Bogotá, ya que tuve una escala de ¡10 horas! en Santiago de Chile. Con la euforia y el entusiasmo que sentía, créanme, pareció una escala demasiado rápida.

Y arranqué a dibujar lo que vivía, siempre acompañado de mi fiel amigo: el mate.

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El 6 de enero de 2015 a las 5 am, llegué al aeropuerto de Bogotá. Disfruté de mi primer café colombiano, pedí mapas, localicé el hostel y pregunté cómo llegar en bus (buseta, colectivo, micro, etc.).

No es nada fácil ya que el barrio La Candelaria, donde están la mayoría de los hostels, no queda cerca del aeropuerto. Y dentro del aeropuerto no me supieron decir bien cómo ir en bus, sólo me sugirieron tomar un taxi.

Salí del aeropuerto, fui a la carretera donde pasaban los buses y pregunté. Y viví la primera gran muestra de amabilidad de los colombianos: No sólo me dijeron la buseta que me llevaba, sino que se quedaron en la parada esperando a que me suba correctamente. Y en 40 minutos llegué a mi destino: La Candelaria.

Es un barrio pintoresco con muchas zonas turísticas y alojamientos variados.

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Me he tomado el transmilenio que es un sistema de transporte público; lo que conocemos como “metro”. Es moderno, rápido y económico pero sólo te podés subir si tenés tarjeta. A mí me la prestaron ahí mismo (el pasajeros de atrás) así que no tuve que comprarla, sólo pagué el boleto. Y fui a la Zona Rosa y al Parque 93, tal vez la parte más modernosa de la enorme Bogotá.

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Además, he caminado por la Plaza de Bolívar, la plaza principal de Colombia. A su alrededor se encuentra el Palacio de Justicia, la Catedral, la Casa del Cabildo Eclesiástico, la sede de la Alcaldía Mayor, entre otros.

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He visitado el Museo del Oro y el Museo de Botero (que en Bogotá es gratuito).

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Mi must de la capital colombiana es ver el atardecer en el Cerro Monserrate. Con una altura de 3150 metros, se puede apreciar una completa Bogotá.

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He subido en teleférico y bajado en funicular. Y he disfrutado del primer gran atardecer en Colombia. Aquí he captado al Astro y su gama de colores amarillos, naranjas y rojos.

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Luego de 2 noches en la gran Bogotá partí hacia un pueblo con una población de 25 mil habitantes.

Próxima estación: Villa de Leyva.